Nunca me gustó
el tatuaje sensible del viento
que tragué en cada meceo
de la cuna y cada nana.

La fragilidad del sentir,
que convertía mis huesos de leche
en cristal de bohemia.
No había sistema métrico.

Por culpa de ese lunar
con pinta de expandirse
y obscurecer mi cuerpo,
no soy capaz de cortar la soga
entre tu cintura y mi espalda.

A sabiendas de que hemos concluido
la misión elaborada punto a punto
y en esta isla ya no hay nada que hacer,
salvo construir un manicomio.

Imagino un almendro desnudo
en el que tender mis descoloridos calcetines
y cobijarme como los animales
que esperan el apocalipsis.

Como un general japonés
trazo en cuaderno de plata
mi estrategia
y rezo al pelotón enemigo
para que me secuestre de ti.

No puedo verme partir de tus pezuñas
ni descartar tus arañazos
de mi descomposición decorativa.
Apesto a charco estancado.

No puedo rendirme sin condiciones.
Ojalá supiera barrer mi fe de erratas
sin lamentar alzar el vuelo.

Tengo las manos callosas
para crear nuevos nidos.

«El Lenguaje de la Gravedad»

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