Me encanta desayunar. No soy nada original si digo que es mi comida del día favorita. Todo me parece posible cuando desayuno. Me gusta poder disfrutar de mi ritual de comenzar el día con tiempo, con bastante tiempo. Servirme un buen zumo, un café y unas tostadas con aceite y tomate. A veces un poco de tortilla o un café con galletas. Pero siempre necesito desayunar.

Un día no desayuné y me mareé en el metro, otro día estuve a punto de desmayarme. Tengo la tensión muy baja, desayunar es de vital importancia para mí.

Imaginaros lo que puede significar desayunar para una persona que le gusta tanto hacerlo, si además, lo hace con alguien que ama.

Si además hace tiempo que no desayuna con esa persona.

Así que me dispongo a hacerlo. Buscamos el sitio más bonito y más íntimo de toda la cafetería. Donde poder besarnos como si no hubiera un mañana y hacernos el amor con las manos y los ojos sin poner incómodo al personal. Quizá en este momento desayunar ya no sea tan importante.

Te beso.

Vas a por el desayuno y me quedo sentada en la mesa. A mi lado hay una mujer bastante mayor, unos ochenta años, perfectamente teñida de rubio, labios pintados, gafas de sol, manicura fucsia. Siempre me ha gustado el valor que le echan esas señoras a la vida, el resistirse a estar tristes, a dejar de ponerse guapas por haber envejecido. Esos excesos de vestuario y maquillaje mañaneros me parecen encantadores y quiero verme así en el futuro.

Enfrente de la señora hay una mujer que cuida de ella. La típica escena de mi barrio de señora blanca y rubia cuidada por una inmigrante. Algo que en algunos casos puede tejer amistades preciosas, relaciones que ni con los hijos ni el marido. Pero esta vez no es así. Esta vez ni siquiera podemos hablar de una relación de opresión y oprimida, ya que las mujeres rubias y blancas todavía no solemos cuidar ancianos inmigrantes. Esta vez hay un silencio de muerte entre las dos. Una mueca de desprecio y de aburrimiento por parte de la cuidadora. Quizá detesta su manicura, sus aires de grandeza, su trabajo. Quizá esa mujer que intenta sostener todo su pasado le parezca ridícula. Sin embargo, cuidar a alguien no solo es vigilar que no se rompa la cabeza, cuidar a alguien no es hacer funcionar una máquina desengrasada.

La señora introduce con lentitud y delicadeza una galleta en sus viejos labios. Va en silla de ruedas. Observo a su muda compañera que mira al cuadro de la pared y pienso que haría una foto de ese momento. La pintura muestra unos cerezos. Sakura, el paso del tiempo. En mi pierna tengo tatuada una rama de cerezo en flor.

De mi fascinación por la imagen a la tristeza infinita hay solamente unos segundos. Siento unas ganas profundas de llorar, quiero retirar la cabellera morena de la cuidadora y sentarme enfrente y hablar a esa señora. Como si yo fuera un dulce mensaje del pasado. No sé si es una vieja arpía pero quiero decirle que está muy guapa, que me encantan sus uñas, que madre mía qué estilo. Lo único que puedo decirle para animarla ya que no la conozco. No soporto más este silencio. No soporto más esta decadencia. No soporto más ver como alguien paga a alguien para que la transporte a tomar un café sin un mínimo de calor humano. Quiero su trabajo. Sé que haría bien su trabajo. Pero yo no tengo ni idea, no tengo ni idea de por lo que pasa ninguna de las dos, no soy nadie para hacer nada y sin embargo la situación como espectadora me duele como si me lo hicieran a mí. No soporto que traten mal a los viejos o a los niños. No soporto que los ignoren. Podría ser yo. Con la diferencia de que no todos podemos pagar a alguien. Las otras opciones son aún peores.

Ahora va a resultar que dentro del mismo pozo hay privilegios. Por desgracia, sí.

Vienes con el desayuno y una sonrisa. Me besas.

Te beso pensando en cómo se sentirá la señora al ver esto.

Estoy corriendo una carrera delante de alguien que tiene las piernas apuntadas.

Mi felicidad es una ofensa.

No la merezco.

Quiero compartir mi pan.

Culpa.

No quiero que ella vea esto. No quiero que le influya. No quiero que recuerde, que seamos para ella una vieja foto.

Me abrazas. Enseguida sabes si me pasa algo.

Te abrazo.

Abro los ojos sin dejar de abrazarte y cruzo mi mirada con la de la señora. Me mira fijamente. Muy triste.

Con lágrimas y en susurro te cuento lo que me pasa. No me parece bien no estar pensando en ti.

Me dices: Seguro que tiene a alguien, todo el mundo tiene a alguien. Nunca estamos solos. Seguro que tuvo a alguien.

Me vuelves a abrazar.

No me convences pero logras calmarme por un segundo y me rindo a lo que no puedo controlar.

Me dices: Me encanta como eres.

Entre lágrimas te digo: A mí no. Puta sensibilidad.

Quiero decirle simplemente a la señora que está muy guapa, que hoy es un buen día y quiero que al día siguiente vuelva a pintar sus labios y a pedirse un café con galletas, aunque solo sea para que le digan lo guapa que está.

Suena el móvil de la cuidadora. Habla y habla con otra persona. La señora hace un gesto de no llegar a la servilleta como si no llegase a respirar y la cuidadora se la pasa con desdén.

La señora limpia sus labios. Ni rastro del pintalabios.

Miro mi desayuno.

Cuando alzo la vista se han ido.

Me dices: Puedes decírselo.

Se han ido, te digo.

Me dices: Siento haber cogido este sitio.

Da igual, te digo.

Puede ser una señal de tantas cosas y al mismo tiempo de ninguna. De que siempre he querido trabajar para mejorar el aislamiento en la vejez. Por eso mis poemas son tan sensibles con el envejecimiento a pesar de mi edad.

Seré esa señora. Querré un buen desayuno, pero sobre todo querré que me quieran.

Tan guapa, desafiando al tiempo y nadie la quería. Nadie la escuchaba. Ni un gesto mínimo de cariño. Si no se dejaba morir era por verdadero apego a la vida.

Ojalá pudiera habérselo dicho,

– Señora, usted no me conoce, pero le voy a decir una cosa que nada tiene que ver para decirle que la quiero mucho y que si es allí donde voy, espero no tener que acordarme de usted, que se me olvide este desayuno, porque sea como sea mi vejez, no podré evitar pensar en usted con un dolor casi inexplicable.

Lo he escrito para no ahogarme. Por qué hacemos esto. Yo también ignoro. Sobre todo cuando la situación me queda grande o no quiero intervenir.

No tenemos tiempo,

nos lo han robado.

Podemos cambiar con una palabra la vida de alguien.

Ella era una de las posibles viejas que seré.

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