Los sueños. Los míos pueden llegar a ser muy extraños y desconcertantes, pero no me creo especial por ello. Recuerdo siempre lo que sueño, lo tengo muy en cuenta. Me guía y me da pistas, sobre todo de mí misma.

Hoy por ejemplo, he soñado que me daba cuenta de que en Los motivos del lobo de Ruben Darío, el lobo no era el lobo, era la muerte. He soñado que percibía esto como una revelación y una verdad. Es la muerte feroz y no el lobo, quien sale al encuentro con San Francisco y es la misma muerte la que le habla y se defiende.

No me dormí pensando en el lobo ni en Ruben Darío, me dormí pensando en la muerte, en lo que podía hacer para conectar con una persona a la que he perdido y en qué decía el cristianismo de esas prácticas. También, analizando que el cristianismo dice que no debes hablar con los muertos si no es a través de Dios. Es decir, puedes decir: Dios, dile a esta persona, que la echo de menos y que la quiero, pero no apelar a esa persona, directamente. Y me dormí pensando que quizá era algo recomendado para evitar el dolor. Así prohibir buscar el contacto con el más allá o usar la brujería, era algo para también prevenir a los seguidores de Jesucristo del horrible y posible silencio.

No quiero ni debo acelerar el duelo. No es ningún secreto, para los que me quieren y viven cerca, que padezco tanatofobia y cronofobia. No tengo miedo a envejecer, tengo auténtico terror a la nada. Y tengo una obsesión con ello y estoy empezando a transformar ese dolor en algo audiovisual, en los poemas ya he hablado de la vieja que seré, pero no he afrontado otra serie de cuestiones que me ahogan.

Y así sumergida en la filosofía de las religiones, enfrentando los miedos, buscando olerla, atesorando sus objetos, el insomnio, el ahogo, todo va casi pasando pero no pasa…

La ouija no funciona. No me da vergüenza reconocer que la he buscado y que he pedido mil veces una señal y que he deseado el terror de ver cosas que no debo ver.

No sé si Ruben Darío pensó que el lobo era la muerte, pero sí sé que el mundo de mis sueños es el lugar donde encuentro muchas respuestas y que posiblemente la muerte, aunque suene a evidencia infantil, también tenga sus motivos para existir y quizá no puedo hablar con los muertos, pero sí con la muerte y quedarme cerca de las palabras del bueno de San Francisco, como un bálsamo.

Volveré a ese libro, porque al final todo se reduce a los libros y los sueños, ¿Lo demás es silencio?

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