“Abuela,

ahora que has muerto sabes quién soy.

Abuela,

Ahora que has muerto sé quién eres.

Hasta aquí llega el olor de tu luz perpetua.

Presto atención hasta que brote en mí”

                                                Poema inédito.

La memoria es extraña, escoge caprichosa los momentos que va a salvar. Al final no puedes quedarte con todos, eso pensaba de niña, mientras estudiaba el siguiente examen semanal, control lo llamaban, en aquella cárcel que ahora todos sabemos que es un colegio.

Creía que, con el siguiente conocimiento, el anterior aprehendido estaba al borde del precipicio. Aquello me asustaba. Siempre me ha llamado la atención el movimiento y he intentado huir de la evaporación. Asir con ramas y cuerdas a mí, lo que ya se va, lo que ya se ha ido, lo que tengo que dejar libre. Se me da muy bien cuidar, se me da fatal soltar.

Hay un recuerdo de mi niñez que permanece, no sé si por visionario o incluso traumático, pero aquí sigue y creo que me lo llevaré a la tumba, como se suele decir, porque no me veo en ninguno de sus cementerios, ni siquiera compartiendo metros con los míos. Ese recuerdo vívido ha sobrevivido todas las catástrofes y alegrías, muy probablemente por lo simbólico, sin lo simbólico nada es atractivo, toco la triqueta que llevo atada al cuello y escribo.

Es importante el símbolo, la metáfora, la sensación, el contexto y el olor, pero rara vez en la memoria permanecen números y datos, a no ser que los ligue a las imágenes del amor, del frío, de la duda.

Por eso no sé con certeza la edad que tengo en este recuerdo. Apostaría unos siete, ocho años. Sé que es un día precioso. Verano de 1997, 1998. La canasta de la portada, como nosotros la llamamos, está perfecta y ahora apenas es un aro sin tela que permanece ahí, atrincherado, como todo lo que ya no existe, pero queda.

En la portada paso las tardes del verano jugando con mi hermano y mi prima al baloncesto y al fútbol. Cualquier cosa es una portería. Yo me pido a Morientes, le digo a mi hermano, porque no tengo nombres de mujeres en la cabeza que jueguen al fútbol. Por unos segundos pienso que soy un hombre y que no me importa. Siempre me gustó actuar.

Mi abuela ha salido fuera. Recuerdo el sol de ese verano y el olor de esa luz. El rosal, su rosal, la silla verde, la pintura descorchada, la madera que un día fue principio y ahora, ya frágil pero resistente, como ella.

Cojo otra silla y me siento a su lado. A mi abuela le encanta estar fuera, le encanta estar en su casa, en su portada. Qué dolor teclear esto. Las palabras van apareciendo como succionadores de energía y me tengo que dejar hacer, que se comuniquen a través de mí como una médium, aunque me dejen rota, aunque mis circuitos no vuelvan a recuperarse.

Por un momento alzo la vista y compruebo dónde estoy, porque ya no es 1997 o 1998, a mi pesar es 2019 y los saltos de tiempo entre la escritura y la vida, son intensos. Por un momento la realidad, cruda, estúpida, inútil y por otro el recuerdo, mesiánico, puro, como una carta que viene a decir algo claro, algo que permita continuar, algo que dé cuerda.

Ya voy teniendo una edad de no menospreciar el diario como algo cursi y de saber que no es suficiente con que la memoria escoja, precisamente porque es coja y esto me recuerda a un chiste que contaba siempre mi padre, pero eso es otra historia. Lo íntimo cambia el exterior, lo personal es político, la intimidad no es egoísta si se entiende una vida con conceptos universales y con seres humanos que luchan, como todos, por entenderse.

En unos tiempos en los que la filosofía y la literatura son para muchos basura, el ser humano anda perdido, el hombre que no se sabe mirar al espejo, sufre de forma desgarradora y le dan pastillas porque no sabemos entender el conocimiento por el conocimiento, no amamos el conocimiento, amamos para qué nos sirve, no atesoramos nada, nos metemos un atracón de datos para poder tener una “formada” opinión y aunque el sentimiento, hay que domarlo, tampoco se puede obviar.

Doy gracias a lo que sea, por tener tan buena memoria y seguir pudiendo revivir el sentimiento, así el tiempo no existe y yo puedo elegir mis propios viajes en el tiempo, conectar pasado, presente, futuro, en una misma ola, dirigir el barco y la corriente hacia la belleza.

Tengo a mi abuela cerca. Lleva un abanico y está sonriendo. Aunque le faltan algunos dientes ya, la sonrisa sigue siendo preciosa, pero heredera de la precariedad, de la mudez, del sacrificio. Mueve la cabeza de un lado a otro. Dice una especie de chascarrillo que tiene que ver con los abanicos. Sus dichos son de otro tiempo, no funcionan, no hacen gracia, las palabras viejas despiertan curiosidad. Ahora sé que antes de la guerra y en la posguerra y durante las bombas, los refranes, los dichos, los cantos.

Coge su abanico y lo pega y lo separa de su pecho, varias veces seguidas. Dice: Para mí, para mí, para mí, todo para mí. Me mira detrás de sus grandes gafas y me susurra, así mueven el abanico las ricas.

¿Y las pobres, abuela? Mi abuela hace otro movimiento y de repente, yo imagino que eso es real, yo me lo creo y visualizo las mujeres en la iglesia, moviendo el abanico por grupos y condición social. Así podré saber quiénes son las ricas, pienso. Y siento que yo no puedo mover el abanico como ellas, además, me parece terriblemente egoísta.

También mi abuela, que sabe mucho de símbolos y que posiblemente si la guerra y la falta de oportunidad le hubiera dado algo más que leer y escribir… ¿Quién sabe? ¿Poeta? Mi abuela sigue hablando y riendo y me cuenta cómo decir con el abanico que te gusta un hombre en misa. Ahí yo presto atención. ¿Sería así cómo mi abuela se lo había dicho a mi abuelo? Las mujeres jamás decían primero y menos en un pueblo, pero quizá fue el movimiento del viento otra vez, el símbolo.

Mi abuela está joven en este recuerdo. Su cabello es negro, aunque ella se lo tiña de forma casi religiosa, sus pendientes no cuelgan de las desgastadas orejas queriendo desaparecer. Lamento no tener ahora un abanico cerca para tocarlo mientras la rememoro y decir para mí, para mí, todo para mí y morirme de risa, como hacía mi abuela, riéndose de la injusticia.

Mi abuela como una geisha bella, madura, meciendo el abanico y con una risa que atraviesa el tiempo y llega hasta mi pequeño apartamento de Madrid. La gata conoce el dolor y pisa el teclado, quiere lamerme la mano. Destruye el intento. Lksfuuuuuupowfklññññññññññññññññ.

Siento la lengua de Ada, rasposa, caliente, bálsamo. Es casi un: “Nena, no llores” que diría mi madre. No destruyo su aportación. Me pregunto muchas veces si el cuerpo de Ada está lleno de recuerdos leves de una humana, porque puede llegar a ser mejor que nosotras y porque la reencarnación y la esperanza. ¿Quién me cuida? Este animal de cuatro patas, debe ser un ángel. Yo quiero creer, lo necesito. Gira sobre su propio eje para acurrucarse cerca del portátil. Me mira con sus ojos verdes. Maúlla. Sí, estoy triste, Ada, estoy muy triste.

Con la mano llena de la saliva de mi única compañera diaria, ahora, escribo sobre las propias manos. Esta es la parte dura del recuerdo. Nos acercamos al torrente, a la verdad, las tripas me arden, odio este trance, pero quiero salvarte. Así es la bajada a los infiernos a por ti, totalmente mental y si me atreviera a afirmar, también de espíritu.

Tomo las manos de mi abuela y le digo, presuntuosa, voy a leerte la mano. Ya desde siempre, lo esotérico y la pulsión por conocer el futuro, pero también el pasado. Todo está conectado. Todo se mueve.

Y al tener las manos de la vieja con las mías, quedo completamente sorprendida, la vejez es un hecho que aún sorprende, del que no hablan en las absurdas clases de conocimiento del medio. -Abuela, por qué tienes tantas rayas en las manos.

Soy una niña, no sé decir líneas. Observo el mapa que tengo entre las manos y no tengo ni idea de cuál es el futuro de mi abuela y mucho menos su pasado. Aún no puedo entender su dolor, no puedo entender la diferencia entre su infancia y la mía, yo soy la niña que lee y saca buenas notas y mi abuela, comparte letra deshilachada con muchas viejas de nuestro país, hasta aquí llega el grito y la justa queja.

Sigo fascinada por la cantidad de rayas, conectan, se desconectan. ¡Son muchísimas! Mi mano apenas tiene, blanca, intacta, casi recién nacida. ¿Es mi abuela un árbol y ha pasado por un incendio? Soy una niña y ofendo: Abuela, por qué tienes tantas rayas en las manos.

Entonces mi abuela retira su mano, un poco molesta, lo sé, soy una niña, pero comprendo cuando he atacado y me tapo la boca. Ella dice: Cuando yo era pequeña y veía las manos de mi abuela pensaba lo mismo, hasta que me hice vieja. Cuando seas vieja, lo entenderás, tendrás también un montón de rayas.

Aquello me deja petrificada. Hasta aquí llega el dolor de la niña. Esas rayas… ¿Cómo podría pararlas? Yo no estaba libre, me saldrían, se harían parte de mí… ¿Me destruirían? Yo también sería esa vieja, saliendo al patio, con el abanico, meciendo la cabeza y dejando mi perfume, viendo como mi nieta tiene lo que yo no tuve. ¿Yo también? Abuela, cuánto lo siento.

Espero a esa niña.

Espero ese abanico.

Espero ese mismo momento y su sorpresa ante mis manos, las manos que delatan lo que mis tintes y joyas intentarán ocultar. Sé que sonreiré y le hablaré de los árboles. Sé que quizá en un mundo de móviles y a saber qué cosas, le hablaré del lenguaje del abanico y te recordaré abuela y conectaremos más que nunca, maldita sea, más que hoy incluso, más que todos los días del resto de mi vida que la memoria, ha escogido este momento para recordarme de dónde vengo, a dónde voy, quién soy y qué tengo que enseñar a las niñas.

Ojalá puedas volver a ser niña, allá donde estés, chascarrillos y juegos de palmas, fumando anís a escondidas, flores y palomas, vestido azul, pan con chocolate.

Es 2019. Aún tengo un montón de e-mails que responder; las manos, te tengo en las manos.

Fotografía de Enrique Rollán. El libro que veis de fondo es mi primer libro, «El lenguaje de la gravedad» (Ruleta Rusa Ediciones)

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