Voy en el bus sentada al lado de un hombre bastante mayor, no digo viejo y no es por amor al eufemismo, sino porque creo sinceramente que viejos son otro tipo de seres y da igual su edad.

Abro Instagram y empiezo a pasar historias, me aburro profundamente y sigo pasando. Los espectadores de mis historias, también se aburrirán conmigo en otro autobús. Y así.

Siento la extrañeza del hombre que mira de reojo mi móvil. No lleva nada en sus manos. No pasa historias de hombres mayores que cuentan sus aburridas aventuras diarias. Estará pensando que va a comer y no en hacerle una foto. Siento su tristeza o es la mía por estar perdiendo el tiempo. Siento que se siente fuera de ese mismo tiempo o soy yo la que me siento así. Soy yo la vieja. La teoría del espejo.

Creo que quiero alegrarle y darle esperanza de que no es tan extranjero o mejor dicho, quiero alegrarme a mí. No soy una extranjera. No lo somos, señor.

Así que meto la mano en mi mochila y suelto el móvil. Saco uno de estos libros negros de Visor de Leopoldo de Luis, que desde que estoy haciendo el documental siempre me acompaña. Parte de su obra poética, el segundo tomo. Marcado por todas partes, tanto por Masles Roy como por mí, trilladísimo, lleno de posits, un libro que vivo cada día, cuya voz tengo en todas partes, hasta en sueños. Es parte del proceso de dirigir este documental. Leopoldo cada segundo, Leopoldo en las entrañas. Tras las huellas de una vida que estoy viviendo más que la mía.

Pongo el libro de tal forma que el hombre pueda ver el título, porque sé que querrá hacerlo y efectivamente, lo mira de manera nada sutil. Leopoldo de Luis. Poesía. El hombre al que leo ha vivido todas las cosas que este hombre que está sentado a mi lado aún digiere. La posguerra, la transición, las dudas, el dolor, el país dando vueltas de campana.

Siento que es un abrazo de Leopoldo hacia este señor nostálgico que me hace una compañía sincera, callada pero profunda, como la que me haría Leopoldo si se hubiera sentado al lado, como un extraño, pero hoy una muchacha mueve la cortina y aquí estamos.

Me parece haber sentido la esperanza de mi compañero de viaje. Me bajo con las prisas, con la mochila abierta y el libro de Leopoldo en la mano, con la certeza de sentir un perfume antiguo conmigo, como si pudiera atravesar cualquier silencio y a veces juego y le pido que me hable, y se abre el libro por cualquier parte mientras como una necia, hago preguntas al aire, pidiendo señales y justicia.

Dime que estoy yendo bien, dime que me acerco a una verdad y dime que no me dejo ningún nombre fuera. De aquí no se va nadie, Leopoldo, 2019 y aquí sigues, con unos arqueólogos chiflados tras tu eco.

Hay esperanza, no hay tiempo. Poesía.

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