Los deseos vienen arropados por algo imaginario. Como los cuentos que contamos a los niños. Hoy aquí leyendo los capítulos correspondientes. Y así empieza todo.

He aprendido a querer los versos fáciles que salen como vómito y se me enganchan a la piel como garrapatas a las que he educado para sacarme la sangre y aligerarme. Entrena duro, lucha fácil.

Hace tiempo todo era un canto necesario pero miento si digo que no hablaba a nadie, porque me hablaba a mí, al otro lado del papel y me contaba cómo me gustaría que fueran las cosas y me hacía creer que así eran.

No entiendo las opciones que se me muestran con el cartel rojo de la vida. No puedo congelar mi existencia pero no siento estos ojos como míos. Toca línea de acción, llevamos ya muchísimo diálogo. Me he convertido en el papel al que una chica habla pero ya no soy la chica. Estoy a mil años luz de ser parte activa de mi propio desastre.

Opto por observarme. Ver como entre la rutina de la desesperación las piezas siguen sin encajar. Continuamente el puzzle se me muestra como alegoría y me contesta al teléfono. Paseando por una juguetería encontré uno del Matrimonio Arnolfini y recordé la dificultad de las miniaturas y la perfección de lo pequeño y eso me ha traído a trastocar lo macro, a volver a ordenar el hogar. Los cuadernos de poesía como si fueran diarios desprenden un olor que no me gusta, se besan unos a otros, se tocan, se hacen el amor y no ven más allá de sus muelles. Prefiero desprenderme del poema. Al menos por ahora la construcción del verso es demasiado frágil para sostenerme.

Me detengo para comprender que todo está deshaciéndose y derritiéndose a mi alrededor. Mi propia vida es una polilla atragantándose con murallas de ropa vieja. Pongo un pronombre posesivo a algo que ni siento que me pertenece. Siento que es absurdo ponerme en el centro de un mundo que se inmola constantemente pero solo nos sorprende cuando lo hace de manera individual.

Enciendo el flexo y me preparo para interrogarme duramente. Juego a que soy el poli malo y me insulto y me amenazo con una motosierra de miedos, presto que diría Lynch, atención tan solo al terrrrrrror que me provoca el sonido. Minutos después soy el poli bueno examinando mis delitos con una lupa de corazones y cobijando mis quejas y excusas bajo el manto de las circunstancias. Como si fuera mi madre cantándome una nana, he fabricado una madre que aparece cuando yo pulso el botón de off para sustituirme.

Hoy te tengo en casa. Tengo casa. Debería de sentir alivio aunque no sepa con qué gusanos voy a alimentar a las facturas. Nosotros aún no tenemos hijos, tenemos facturas. Y he visto por ahí, un papel que lo siembras y nacen flores, patatas o zanahorias. Es una start up que han creado unos millennials españoles y a mí me gustaría haber creado un libro que al plantarlo saliera cualquier cosa comestible, cualquier cosa que llevarse a la boca y fuera tan sana y ecológica para sentir que estoy rozando la suprema pureza. Pero solo tengo libros de los que no crece nada en las macetas y facturas.

En mi casa apenas tengo plantas. Qué es casa. Qué es hogar. Yo soy mi hogar. Para qué tantos muebles. Para qué tú si me asfixias. Y no, no estás haciendo nada. Ni siquiera una leve caricia en mi cuello pero siento que me robas el aire, que me robas la sola posibilidad de respirar. Y es lo único que sé hacer bien y mira que me ha costado, respirar.

A lo mejor es que no he bajado las armas, a lo mejor es que no soy capaz de firmar un tratado de paz que me lleve a no considerar el amor como una guerra. A lo mejor es que no soy normal, mi ambición supera todo aquello que tú puedas ofrecerme, que cualquier hombre pueda ofrecerme. A lo mejor es que solo me vale lo que pueda ofrecerme yo misma. A lo mejor es que me he acostumbrado durante toda la vida a hablarle a un papel y los papeles y los gatos son siempre mejores que las personas. Lo que quiero decir, es que no eres responsable.

Solo sé que hay compañías que te hacen estar al borde del precipicio. Que me gusta tener el control y la responsabilidad de mi vida. Que soy incapaz de delegar en alguien nada que tenga que ver conmigo. Que soy una obsesa del control. Mira por dónde, que hablo como Grey y todo. Christiana Grey con un cuarto rojo del dolor lleno de cosas y traumas del pasado con los que hacerme daño sin que tú sepas cómo actuar, experta en venderse bien en los escaparates, como ves. Todo edulcorado o eso creías.

Me enseñaste a estar sin ti y de este modo cuando tu presencia quiso entrar por tu ausencia ya habíamos trabajado demasiado tiempo juntas. La amazona se había convertido en mi arquetipo y ya sabes que cuando algo se instala dentro de mí puedo tardar siglos en desprogramarme.

Es increíble que de todas las negaciones que me asolan, tú seas la mayor carencia. Pero estoy, dirás, estoy. Estás pero eres como un fantasma, como una sombra, como un avatar que no logro tocar y no te soporto. No soporto lo que simbolizas mientras te quedas en el sofá y yo friego los platos. No soporto fregar un puto plato mientras te escucho reír en el salón. Me dan ganas de cortarme las venas con el cristal de un vaso.

“Y el encanto de la novedad, cayendo poco a poco como un vestido,
dejaba al desnudo la eterna monotonía de la pasión, que tiene
siempre las mismas formas y el mismo lenguaje”
Madame Bovary

De todas las caídas de mitos y ausencia de dioses lo que menos soporto es la idea de un hombre en mi sofá. No soporto la idea de un hombre instalado cogiendo el mando de la tele y queriendo controlar inconscientemente mis movimientos. No soporto ya más este silencio. No soporto la voz grave, la necesidad de imponerse, de conducir(me), las películas de acción, los tópicos haciéndose persona.

Para qué luego algunos piensen que solo soñamos con bodas y príncipes azules. Solo de pensar en ese encierro me dan ganas de quemarme la cara. Cómo me dices hoy, estar con una chica más dura que tú y que “meta más ostias” no es bueno. Lo que no es bueno es hacerte creer que soy más pequeña y dependiente de lo que en realidad soy. Ya no es cómodo que mi supuesta fragilidad en la que tienes fe sostenga tu frágil masculinidad.

Y menos mal, que no te gusta el fútbol masculino. Me recuerdo de niña de portera, sin miedo a la violencia de la pelota contra mi cuerpo, enfrentando moratones feliz como una mártir por mi equipo. Nos nombramos una vez, equipo. Y queda espacio en este hundimiento para aferrarme al sarcasmo y a la palabra agridulce, que tras el amargo sabor la lengua paladea la dulzura, por un leve espacio de tiempo. Y es que ser feliz a ratos, no es pecado.

Podría parecer que odio todo aquello que representa ser hombre, pero lo que realmente odio es todo aquello que te han enseñado a ser porque ya no sé quién eres realmente y siempre me queda la esperanza de que tras esas capas se materialice tu liberación de tópicos en persona a la que amar. Y te salga de ese cuerpo un alien que extraeremos y le haremos la autopsia. Un alien con aspecto de tipo corriente con trofeos en el pecho que te hizo el crimen más duro e inhumano que nos quepa imaginar y al que juzgaremos sin piedad.

Solo hay una cosa que odio de todo esto, papeles de opresor y de oprimido. Desde que iba por el patio del recreo enfrentando a los matones. Aún siguen sin darme ninguna lástima, incluso en los días que me compadezco por todo, sobre todo de mí, eso se me da genial. Entrena duro, lucha fácil.

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